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El Taller

Fue el mes de julio del año 1976, en el Instituto Pedagógico de Caracas, tiempo y lugar en el que nació el Taller de Expresión Literaria Marco Antonio Martínez de la mano de José Vicente Abreu. Desde entonces, nos reunimos en las instalaciones del Instituto de Investigaciones Lingüisticas y Literarias Andrés Bello, no para enseñar a escribir sino a discutir el texto que a la mesa llega. No es fácil exponer en público la palabra que ha nacido desde la intimidad, pero cada viernes, desde que atravesamos las puertas del IVILLAB, el texto deja de ser nuestro. (Vanessa Hidalgo)

lunes, 11 de marzo de 2013

Karen Zambrano, premio especial al interior del país



Flaco

Es tan patético lo que voy a escribir: tengo dos horas sin verte y ya te extraño. Me declaro víctima irremediable e impotente de este apego, de la obsesión sin medida y de la desesperación de nuestra ruptura. Pero sí chico, tú, eres peor que las drogas.
Quince años tirados a la basura.

Maldigo el día en que te conocí. Fue en la universidad, frecuentabas mi círculo de amigos y yo, la gorda, entre tímida y acomplejada feliz, la que mendiga cariño y busca aceptación, puse mis ojos en ti, tan sencillo y menudito, tan simpático y accesible, tan blanquito y tan flaquito vale. Por ti me hice valiente, le dije a mi mejor amiga: Anita, píchame al flaco. Ana me lo advirtió: Ustedes, no hacen pareja gorda, te va a joder, pero bueno allá tú. No pasaron cinco minutos, cuando regaladísimo, ya me estampabas el primer beso. El susto inicial de aquel piquito ardiente bastó para hacerme rodar febril e inocentemente enamorada. Hasta rebajé unos kilos solo por ti (y que nadie dijera allá-va-un-diez), aunque para ser objetivos ya no me provocaba comer, tú me llenabas y me enloquecías, mucho más que la Nutella. No era lo chiquito y flaco para lo fogoso y sexy. No te pelabas una rumba con tus amigos borrachos y las malas juntas, yo no tenía tanta libertad. Comenzamos a escondidas, mis padres no te iban a querer, no con tu picardía, tus malas mañas, tus escasos modales y tu perfume barato. Pero quien más podría pasar la noche entera sin soltarme la mano mientras yo comía libros y quedarse después de la pasión mimándome y dándome más calor. Los otros, simplemente se daban la vuelta o se iban. Primero muerta que dejarte, tú sí me querías flaco, con celulitis, revolveras y hasta con mi mal aliento matutino. Por eso mis padres y todos los demás tuvieron que soportar a esta pareja dispareja por tanto tiempo.

Paulatinamente la pasión juvenil se convirtió en una rutina compulsiva y asfixiante. Te volviste celoso y posesivo, tu maltrato se hizo evidente, tortura y tormento de mis mejores años. Todos lo notaban, pero yo ahí, firme, más terca que gorda. Tus males se acaban cuando dejes al flaco, te absorbe, te enferma, te quita el dinero y también la paz, me decían. Yo te seguía adorando, me proyectaba en ti, no funcionaba sin ti, no respiraba sin ti. Despertaba contigo, tomábamos el café y hasta descuidé el trabajo, al escaparme entre cliente y cliente para un rapidín contigo flaco, como si ignorara que en la noche el fuego se encendería en la cama, una y otra vez. Trío con la botella de turno y aquella habitación cada vez más desordenada. Varias veces te pillé mordiendo otros labios, unos muy jóvenes, otros algo vejestorios. Confieso que el miedo se salió por mis cuernos cuando te vi con esa flaca huesuda y ojerosa del hospital, seguramente la conquistaste sin gran esfuerzo y aunque no tenía ni media curva, también cayó redonda la condenada. Más veneno que antídoto para mis angustias y siempre te perdoné, porque a nadie le urgías tanto como a mí.

Pero este mal no será el único que dure más de un siglo. La gota que derramó el vaso cayó justamente en víspera de Navidad cuando sin un ápice de culpa, cínicamente y como pago a mi excesiva fidelidad, arruinaste todo después de la cena. Solamente así, con mi corazón deshecho masivamente y un dolor tan intenso que me impedía respirar, consideré nuestra separación. Falté treinta y un veces a mi promesa de fin de año: alejarme de ti. Es primero de febrero y la despedida ahora sí es definitiva. Te dejé ir, o mejor dicho, te eché (no sin antes romperte la madre) al pipote. Ése es tu lugar porquería. El infarto, será lo último que te aguante flaco, porque aunque me esté muriendo de ganas, desde hoy no fumo más.
La gorda.
Autor: Karen Zambrano – Cabudare, Estado Lara.

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